Un año más llegan las fiestas de Los Villares, las fiestas en honor a la Virgen del Rosario y, un año más, se aglutinan en mí los recuerdos. Recuerdos que permanecen vivos, si cabe, con más intensidad con el paso del tiempo. Evocar aquellos, ya lejanos, bonitos años de nuestra niñez y rememorar la ilusión de los momentos vividos, junto a nuestros familiares y amigos, se nos ha quedado grabado para siempre en ese rincón de la memoria y en ese otro gran rincón que es el corazón. A los que por un motivo u otro tuvimos que dejar nuestro pueblo se nos enciende una llamada de alerta al llegar los primeros días de octubre, una mecha ardiente que va directa a nuestras emociones. Al recuerdo de los que nos precedieron y nos dejaron tiempo atrás. Al recuerdo indeleble de cómo vivíamos aquellos tres días de fiesta y algarabía como chiquillos de esa época que éramos. Quizá, cuando, por diversas circunstancias, dejamos nuestro pueblo no éramos conscientes de lo que eso iba a significar para nosotros a lo largo de nuestra vida. Con el devenir de los años, y el saber que ya no es posible estar físicamente en él, nos hemos ido dando cuenta que somos algo más huérfanos que los que habéis tenido la dicha de permanecer en Los Villares. Aún así, nos sentimos cercanos y, sobre todo, nos sentimos villariegos y unidos por ese cordón umbilical que es nuestro pueblo. El pueblo de nuestra niñez, de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y demás antepasados. Es el pueblo de nuestras raíces más profundas. Aquellas que nos marcan para el resto de nuestra existencia. Y, así, soñamos y soñamos... y no dejamos de soñar... Soñamos que la diana, al llegar el alba, nos despierta con sus alegres notas musicales para avisarnos de que ya estamos en fiestas y nos anuncia que ha llegado un nuevo día. Soñamos que nos levantamos y, apresurados, salimos para asomarnos a las ventanas, a los balcones y puertas... Soñamos que vamos detrás de los cabezudos bailando al compás de la música queriendo adivinar y ver quién está debajo de los vestidos de esos gigantes que tan felices nos hacían. Soñamos que nos vestimos con nuestras mejores galas y nos vamos a la Plaza del pueblo, allá a donde está la fuente con sus peces multicolores, el verde árbol anidando a los gorriones; allá a la bonita iglesia de San Juan Bautista en la que nos bautizamos, nos confirmamos e hicimos la primera comunión. Sentimos el borboteo del cañillo del agua y nos dirigimos Rosario felices a esa bonita plaza en la que los feriantes han colocado los “cacharritos”, el tiovivo, las barquillas y la tómbola. A nuestro paso nos encontramos con el carrito del helado en la calle del Arroyo, con el amigo, con el vecino, con el abuelo, con el primo, en el casino... Y, a la caída de la tarde, entrada ya la noche, estrenamos un nuevo vestido y unos zapatos de charol. Hemos llegado a la caseta, al lado del Ayuntamiento, adornada de serpentinas, banderines y confeti; iluminada de farolillos y bombillas; verdadera magia de explosión de color y alegría. Nos tomamos nuestro refresco y, al son de la música, bailamos intentando emular a nuestros mayores. Riendo, cantando, saltando. La ilusión, la felicidad y el entusiasmo recorría todo nuestro ser. Y así seguimos, en ese sueño, en ese adormecer, en ese duermevela esperando a la Virgen del Rosario para, desde nuestros balcones, vitorearla, adornándola de miles de pétalos de rosas, de besos, de aplausos, de vivas y oración. Soñamos porque la vida es sueño y, aunque nos despertemos y no la veamos, la llevamos en nuestro corazón. ¡¡ VIVA LA VIRGEN DEL ROSARIO !
Carmen Herrero Huertas