Aunque vivo lejos, en tierras extranjeras,
mi corazón nunca se ha marchado.
Porque en cada rincón de mi alma sigues viva,
como un faro que guía incluso en la niebla
y como un refugio que cobija mi soledad.
Cuando regreso a Los Villares,
y cruzo las puertas de tu iglesia,
tímidamente te miro, Virgen mía.
Miro tu figura, tu silueta serena,
y siento esa ausencia que pesa como una sombra,
la ausencia de no poder estar en Los Villares
cada vez que la feria florece en sus calles.
Te sueño más ancha que la calle del Arroyo,
como si tu trono majestuoso y tu manto azul-dorado no cupieran,
como si tu grandeza desbordara los muros
y las esquinas de las calles,
llenando cada rincón de luz divina.
Y en ese sueño, que compensa la falta,
me aferro a tu procesión como a un recuerdo vivo,
sintiendo el eco de los pasos y el aroma de las flores.
Para mí, Virgen del Rosario,
eres más que un recuerdo,
más que una imagen que guardo en mi mente
o que se me aparece en sueños.
Eres la representación de lo sublime,
de la que se contiene a sí misma,
de la pureza y de la verdad.
Eres la esencia femenina más divina,
la que se me aparece en los momentos más oscuros,
la que me ampara en mis fragilidades.
Más que un símbolo,
eres la presencia viva de Dios,
la compañía que nunca me abandona en el sendero de mi vida,
la que me abraza cada vez que regreso susurrándome dulcemente:
"No te pongas tímida, sube esa cabeza. Aquí sigo".
Eres el consuelo en la cercanía y en la distancia.
Rosa Parra
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