Entre olivos y montañas
transcurría aquella vida,
cuando el campo era sustento
y también era alegría.
Al salir el sol comenzaba
una larga jornada,
con las manos trabajando
y la tierra preparada.
Los olivos daban riqueza,
aunque el trabajo era duro,
y cada gota de aceite
guardaba esfuerzo y orgullo.
Hombres, mujeres y familias
compartían las tareas,
recogiendo las aceitunas
durante largas temporadas.
Los campos de Los Villares
han visto generaciones,
han visto crecer a sus niños
y cumplir sus ilusiones.
Y hoy los viejos olivos
siguen siendo nuestro paisaje,
guardando nuestras costumbres,
nuestra historia y nuestro origen.
María del Carmen Rivilla Alberjón
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